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Declaratoria No. 18: Fe viva.

Corazón alado, liberado, volador, libre, maravillado, asombrado, singular, extraordinario, sorprendente, portentoso, vibrante, radiante, soñador, soñado, arrojado, valiente, sincero, animado, áureo, curioso, feliz.

Corazón ardiente, ígneo, encendido, intenso, apasionado, vital, trascendente, capital, tórrido, candente, cálido, carmesí, bondadoso, desbordado, enérgico, poderoso, férreo, fortalecido, abrazado, humano, completo, feliz.

Declaratoria No. 17: Bienvenido.

Todas las puertas llevan a un lugar. Una campana sirve para llamar. ¿A quién llama la campana de una puerta frente el mar? ¿A una embarcación? ¿A mí? ¿A ti? El viento golpea. Las olas se alentan. Pausan. Una figura surge de las aguas, de entre las moléculas del líquido sedimentado, del recuerdo límpido. 

La campana resuena. Trae un sonido a metal oxidado, profundo, como castañuelas muertas. También trae consigo un olor a sal, a brisa de la profundidad del mundo. Las olas reanudan, retoman el vaivén. 

La campana resuena. Involucra fuerza, vigor, esperanza, alegría, presencia de una fuerza mística y arrebatadora que penetra hasta mis entrañas. Es pura felicidad, pura víscera, puro amor. Eres tú.

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Declaratoria No. 16: Punto final.

La coma con su poder perverso se mantiene, se sostiene indefinidamente, se multiplica para no dar fin, para cavilar con su espacio, en su silencio. ¡Dale punto final! Me dijo el terapeuta. ¡Olvídalo, pero no! No escuché. No escucho. Menos a quien no sabe tampoco colocar un espacio y aparte, un puntillo o un guión y medio. Qué más da si cada coma es un reflejo de mi ego destrozado, de mis apegos interminables, de mi ruina moral y estética. A la literatura le vale madres que mi comitis me vaya a matar de un coraje, de depresión o indiferencia. Las comas persisten y sobreviven a mis ansías por aventarme en las oscuridades del punto final. Oscuridades que superficialmente parecen devoradoras, pero que en el fondo arrojan la iluminación de lo culminado, de la terminación del ciclo eterno. ¡Llévame punto! Arrástrame lejos de la influencia nefaria de este "amor" que no deja soñar de nuevo, que encadena al sitio envenenado, que me arroja al paisaje tóxico de su pendeja indiferencia. Anda punto, ve y mátalo con sus estúpidos recuerdos, ahógalo en el llanto de la nostalgia futura. ¡Dile! que sepa que el amor de su vida le espera, no en la realidad, sino en sus sueños enfermos, rotos de tanto acariciarlos.

Declaratoria No. 15: Temor.

El recuerdo anida horas que temen por su extinción. Las preservo como el tesoro brillante que fueron, aunque sin el lustre del presente deslucido. Te he perdido como he perdido la esperanza de recuperarte. Como he perdido la fuerza de esperarte, de tenerte, de sostenerte, de apuntalarme en ti, tú en mi, los dos en ambos. He perdido la añoranza de un futuro único. La nostalgia se adelanta, ronda, tiembla, roe, enmaraña, vomita, trastorna. Atiza el día, la noche, el crepúsculo. Temo su avance, su agonía. Temo perderte. Temo olvidarte. Temo no estar a tu lado. Sólo temo.

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Milagro No. 4: El de la voluntad.

Presenciamos una puesta en escena. El diálogo, los textos, las actuaciones se diluyen ante el contorno de tus besos. “¿Eres real?” me pregunto, te pregunto. “El irreal eres tú” afirmas. Resuelvo. Eres un espejo de mí, un reflejo del mapa facial, de las experiencias, de las dudas. Los egos se enfrentan. Noto que mi voluntad se refracta contra la tuya, y asumo que si tú no eres la fantasía, el imaginado soy yo. Que una noche me soñaste y que ahora estoy aquí, viendo recrearte en mi visión. Que yo soy tu sueño y que mi vida se dispersa como tinta en el agua. ¿Soy real? ¿Existo?

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Declaratoria No. 9: ¿Qué sigue?

No sé si estás o no estás. Si vives o mueres. Si gozas o sufres. No sé si estás y si estás que debo sentir. Apenas te conozco y ya tu ausencia duele, fuera por la soledad enraizada o por las raíces de tu alma arañando mi melancolía. No sé qué pasará mañana. Si te veré o no. Si volveremos a estar juntos o no. ¿Qué pasará? Ruego a todos los cielos, los infiernos, jardínes efímeros, al que sea, lo que pase, sigas ahí. Que vivas la vida que te toca vivir. Que escapes del infierno que navegas. Que aunque no me pertenezcas, prosigas el camino que te has trazado. Mañana no sé qué pasará. Mañana no sé si te veré. Pero aunque eso no suceda te deseo lo mejor. Sólo lo mejor. Te amo.

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Declaratoria No. 7: Cambio de reglas.

Las cosas llegan de donde menos las esperamos. Te conozco desde hace un tiempo y hasta apenas te vi con ojos distintos. No fueron los efluvios del alcohol ni el perfume que usabas. Era la presencia añorada sumada al recuerdo de buenos momentos.

Nunca pensé dedicarte unas líneas aquí. De haberlo pensado hubiera dicho no, no es verdad. Pero mira, heme aquí compartiendo este pedazo de circunstancia.

No sólo las palabras resucitaron, también los sueños de un amor, de un abrazo, de multitud de besos. ¿Dónde queda el sentido de la prudencia cuando encuentras lo que buscas? Ni mencionarlo, se esfuma.

Satisfecho, contento, alimentando el recuerdo del momento feliz y la velada auténtica. No fue el sexo lo que nos ató ni las caricias indecorosas. Fueron otras reglas, otras teorías las que abrieron el paradigma mutuo. La llovizna pertinente, los encuentros de tela, la mirada de cariño y el despertar juntos. ¿Qué más puedo pedir? Regresaste a mí en el momento preciso, a turno de la necesidad, con la invitación correcta. Gracias.

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Milagro No.2: El de la Resurreción.

¿Cuántas veces has deseado regresar a un muerto de la tumba? ¿Cuántas veces has pensado dar lo que fuera por ver sonreír nuevamente el rostro del ausente? Infinidad de veces. Muchas de ellas. Todas concluyen en mero sueño, en la especulación del hubiera, en la alucinación de alguien aferrado a no aceptar la verdad de la muerte, de alguien anegado en el pasado. Con una recriminación termina la fantasía, usualmente.

Sin embargo no siempre es así. Hay muertos que no necesitan pasaporte de vuelta ni moneda para Caronte. Con una llamada o un simple “hola” regresan a la vida. Desde el más allá del olvido retornan a un presente donde se supone no deberían estar. Escapan de la tumba de la indiferencia para posar su sombra sobre el penitente incauto. Su presencia, según el caso, es bien recibida u objetada. Eso depende del resucitado y de la víctima. Aunque en la mayoría de los casos la reacción obedece más a la causa del deceso. ¿Por qué se fue en primer lugar? La respuesta dará pie a una vuelta amable o a un regreso duro.

No debemos olvidar, que sin importar la circunstancia, el milagro tiene precio. El menor es la mutilación emocional, desde la perdida de autoconciencia hasta un constreñimiento de dignidad, pasando por el corte transversal de uno o más sentimientos de amor o gozo. Peor resulta cuando se involucran cúmulos de remordimientos, culpas inamovibles o cargas más pesadas que la piedra de Sísifo.
Aún más demandante es el costo final: El de la sanidad. La razón es cosa fácil de perder, por eso no ha de extrañar que ante la aparición del resucitado, el desequilibrio apunte como resultado. La fuerza gravitacional del exilio, la indolencia o la muerte cobra entrada y salida. No hay boleto barato ni gratuito. Y la locura ataca cuando la cordura duda.

¿Aún tentado en pedir este milagro? No te preocupes. Las ansías terminarán con el tiempo: Cuando estés muerto tú también.

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Milagro No.1: El del amor.

Los reencuentros pueden ser insospechadamente largos o cortos, pero siempre ocurren. Los recuerdos sobran en tales casos. No hay nada que decir y cualquier letra es un estorbo. Quiero pensar que en mi caso las palabras no sólo sobran sino además matan. Son las acciones las que realmente expresan. Tus acciones, mis acciones, las que hacemos, las que dejamos de hacer. Incluso estas últimas son más poderosas. Pero no contigo. Ahora me pregunto qué seguirá, si esto nos llevará a alguna parte, si es que las partes tienen lugar. Creo, presiento, observo, intuyo que el amor es algo alejado de nuestras perspectivas, pero cualquier atisbo de afecto es mejor al vacio de las horas de soledad. ¿Hay algo que pueda darte? Te llevas lo mejor de mí: Amor incondicional, ese que se mantiene vivo a la distancia, imperturbable ante las horas rutinarias de la cercanía. Te amo.

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